Gratos recuerdos de Raquel Barros Aldunate. Mis agradecimientos a ella

El 6 de diciembre de 2019 leí en El Mercurio la noticia que se encabeza

ACTIVIDADES CONMEMORATIVAS DURANTE 2020

Raquel Barros centenaria: un año para otra maestra del folclor

La noticia me trae muchos recuerdos; fui alumno de ella casi por casualidad y sus clases produjeron en mí algo que nunca he olvidado.

Por una parte el aprecio y el gusto por la cueca; me agrada oírla.

Además bastante me gusta bailarla cuando hay ocasión y varias veces se da en que una o varias damas invitan a hacerlo; muchos hombres se hacen los desentendidos, quieren un poco desaparecer por la desesperación de que tenga que salir a bailarla dando un triste espectáculo o llegar a negarse rotundamente.

¿Cómo fui o cómo fuimos alumnos de la maestra Raquel?

No recuerdo exactamente el año, debe haber sido 1953 o 1954 cuando cursábamos años finales de Agronomía en la Universidad de Chile; se nos invita a un curso de cueca y algo más como la refalosa y el costillar, pero especialmente la primera.

Las clases fueron en el Instituto de Cultura Hispánica ubicado entonces en el Centro de Santiago, en la calle Amunátegui; según una fuente de información se señala el número 380. Creo que hay un pequeño error pues estimo que debiera ser número impar porque me parece que estaba en la acera oriental.

Tengo muy gratos recuerdos de ese curso. Raquel era encantadora; se le captaba como una gran investigadora. Cumplía muy bien su condición de académica de la Universidad de Chile, que no sólo hacia docencia sino que también investigación y extensión.

Mientras ella había nacido a fines de 1919, mi nacimiento fue a fines de octubre de 1932. De ello se deduce que ella andaba entonces por los 34 años y yo por los 21.

Recuerdo muy bien su cueca, de nadie más he sabido lo que ella nos enseñó en cuanto a cómo debe ser este baile. Representar como el hombre trata de conquistar a la mujer, como el gallo a la gallina.

La dama o la polla debe partir tímida, pasiva; más bien mirando al suelo, para después de a poco subir su mirada y de reojo dirigirla al macho, para finalmente, posterior al del zapateo de cierre, ya como entregarse a él y terminar del brazo un corto trayecto.

El inicio de su cueca podía ser el ocho dos veces o bien dos medios círculos; debía en cierto modo la pareja acordarlo antes de su inicio.

No recuerdo haber visto posteriormente cuecas similares; la dama habitualmente parece partir entusiasmada entregada al varón.

También recuerdo que en la cueca de salón, podía reemplazarse el zapateo final refalando los pies, retrocediendo algo y un suave zapateo antes de la vuelta final.

Este curso cambió notablemente mi aprecio y cariño a la cueca; me agrada bailarla, lo que hago muy distanciadamente.

Tengo recuerdos de varias cuecas, en la mayoría de los casos en qué yo participé.

Poco después del curso, en una fonda dieciochera de la comuna de la Cisterna donde vivía, baile unas cuecas. De ahí alguien que me vio, me pidió poco tiempo después que bailara en una presentación en el pequeño informal teatro del Liceo Manuel Arriarán Barros, colegio salesiano de la Cisterna de donde yo soy exalumno. Así lo hice.

Recuerdo otro caso, el de que al terminar el tijeral de mi casa un grupo de asistentes nos fuimos al que fuera la famosa quinta de recreo, El Rosedal; en la Gran Avenida. Ahí una dama de un conjunto me sacó a bailar una cueca. Uno de los que celebrábamos el tijeral, ya hombre mayor, me dijo espontáneamente que le gustó mucha mi cueca.

En varias otras oportunidades tuve que bailarla. Recuerdo en un almuerzo de la CORFO, con altas autoridades, yo tenía entonces un cargo importante en ella. Una folklorista que animaba el almuerzo, invitó a bailar una cueca, nadie se ofreció y yo ahí debí hacerlo. Tengo de recuerdo una foto que me sacaron, que me llegó como regalo. Ello debió haber sido en la segunda parte de los años sesentas.

Por Dios que es conveniente saber bailarla; tener buenos conocimientos de ella. No es necesario ser un gran bailarín, sino más bien no cometer errores y saber bastante de ella.

Un recuerdo histórico de una cueca de la que yo fui espectador, sucedió en el Gobierno de Frei Montalva, cuando yo era Gerente Agrícola de la CORFO. Entonces ese gran Ingeniero Raúl Sáez Sáez quien fue Vicepresidente Ejecutivo de la institución, había dejado el cargo para asumir el Ministerio de Hacienda; lo reemplazó ese gran ingeniero comercial, ministro saliente de Hacienda, Sergio Molina Silva.

Los funcionarios de CORFO no teníamos muy buenas relaciones en el pasado con Sergio, por temas relacionados con aumento de nuestras remuneraciones. El clima era algo tenso.

Al nuevo Vice lo recibimos en una comida del Waldorf de Ahumada.

La gran reconciliación con él fue una brillante cueca que el bailó con la apreciada secretaria de la Vicepresidencia, la Picha, dama atractiva y de hermosa figura. Se juntaron dos grandes bailarines. Terminó la cueca con un aplauso general; pocas veces vi a Sergio Molina despeinado.

Sergio Molina Silva la bailaba muy bien; su padre, Sergio Molina Borgoño, Ingeniero Agrónomo y antiguo profesional de CORFO, a pesar de sus años, igualmente lo hacía, pero con un estilo muy propio. Al parecer ello era “un mal de familia”, de una familia talquina.

Cuando llega el Gobierno de Allende, debí dejar la Gerencia Agrícola de CORFO. Las nuevas autoridades me ofrecieron seguir en la institución como Jefe de Departamento, así asumí el de Inversiones Extranjeras. En él trabajaba el contador Álvaro Mandujano, quien nada menos era el Director del prestigiado Grupo Folklórico de la Institución, como también llegó a trabajar ahí la Ingeniera Comercial Javiera Ibáñez, valiosa componente del grupo bailable.

Con ellos fuimos a enseñarle a bailar la cueca a un grupo de voluntarias de la Cruz Roja de La Cisterna. Fueron sesiones muy entretenidas; en forma simpática las llamábamos “las vinchucas”, porque habitualmente sacan sangre.

Hace pocos meses falleció Álvaro Mandujano, quien tanto apoyo dio la folclor chileno. Muchos de los que trabajamos en CORFO, con nostalgia lo recordamos.

Otro hecho simpático fue las relaciones que tuve con el Ballet Antumapu cuando fui Decano de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales a comienzos de los años 90. Recuerdo que el Ballet necesitaba una sede en Santiago y la Casa Central no le podía hacer el favor de darles un espacio, pero la Facultad de Arquitectura y por especial intervención de su Decano Edwin Haramoto ofreció una sala para el conjunto folklórico en el primer piso de esa sede.

Inauguramos el local con un pequeño acto. El profesor Director del Conjunto Oscar Ramírez recuerdo, que muy reservadamente, me pidió que bailara una cueca. Sin duda era importante que un decano de la Universidad lo hiciera. Así quedó en mis recuerdos esa cueca muy especial.

Muy buenos recuerdos mantengo de ese gran académico Edwin Haramoto, que muy tempranamente nos abandonó.

 

No me siento un buen bailador de cueca, pero sí la bailo con agrado. Eso es especial mérito de Raquel Barros nuestra gran maestra de allá de las década de los 50 del siglo pasado, que tan valiosa e imperecedera enseñanza nos entregó.

Muy poco supe después de esa gran maestra a quien siempre guardé en mis recuerdos y para ella tengo una gran gratitud.

Qué importante fue lo que ella nos enseñó a ese grupo de estudiantes de Agronomía de la Universidad de Chile. Parece increíble como sus enseñanzas quedaron en nuestros recuerdos. Bastaron unas pocas sesiones de gran valor pedagógico, para que lo que aprendimos nunca se nos olvidara.

Ahora pienso que es importante que todo chileno sepa bailar cueca. Con un buen conocimiento de ella, se puede salir bien de cualquier situación en que uno deba participar; no tener que tratar de esconderse o escabullirse.

Muy importante que tengan conocimiento de ella los hombre públicos y también agregaría a los turistas chilenos cuando salen al extranjero. No es extraño que se les pida o se les haga bailar esta danza nacional.

Es importante conocer su música, saber de la conveniencia del paseo inicial para dejar a la pareja y alejarse un poco retrocediendo. Esperar el inicio del canto, y ahí partir con el baile. Después saber cuándo dar las vueltas, poco después de subir el tono de la voz del canto, ya que no siempre sale el grito de vuelta; saber cuando zapatear, solo al terminar y después dar la vuelta final para enseguida ofrecer el brazo a la compañera y así dar algunos pasos antes de la despedida. No es extraño que después al finalizar esos pasos a la pareja se les ofrezca un vaso de vino.

Mucha pena me da cuando a los turistas extranjeros se les hace bailar cueca; en cierto modo se les ridiculiza.

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