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Profunda crisis en la Iglesia Católica chilena al parecer tiene redes internacionales. Esperanzas de una salida

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El tema del obispado de Osorno, parece ser un síntoma de la grave situación en que se encuentra nuestra Iglesia. Este tema sería quizás nomás de un pelo de la cola.

Cuesta comprender a muchos la actitud del Papa Francisco frente al Obispo Juan Barros. No solo defendiéndolo con palabras y tono fuertes sino con manifestaciones de indignación violenta, acusando a quienes han cuestionado a este obispo, que mientras no se pruebe su culpabilidad, los denunciantes son unos “canallas”. Su intervención pareció ser de otra persona, casi podría decirse tuvo un comportamiento bipolar.

Los denunciantes son personas que mucho han sufrido; seguramente se han considerado denigrados por la Iglesia.

Por otra parte cuesta comprender por qué razón el Papa llega a tratar de tontos a la amplia mayoría de los católicos de Osorno, porque rechazan tan justificadamente al Obispo Juan Barros. Frente a eso, un par de obispos y el cardenal-arzobispo Francisco Javier Errázuriz manifiestan que son muy pocos los osorninos que rechazan a este obispo, lo que parece no ser verdadero. Serían muchos y entre ellos, personas de grandes valores.

 

En torno a estos temas y a otros complementarios, uno puede preguntarse, quién o quiénes pueden tener tal influencia sobre la cabeza de la Iglesia Católica Romana, para que haya tenido nuestro Papa esos comportamientos.

Es posible que él haya descansado ciegamente en informantes que le daban plena confianza. Se explicaría que sea así dada su ardua tarea de Pastor del Mundo. Una persona de tan amplias responsabilidades debe confiar en sus colaboradores; confianza, que no es fácil abandonar. Es probable que su pasada por Chile y sus contactos con su Congregación Jesuita, le han hecho entrar en la duda y así llegar a designar a ese gran investigador de abusos sexuales, al arzobispo Charles Scicluna, quien se ha caracterizado por su muy positiva y efectiva labor. Hasta ahora, su intervención ha generado manifiesta confianza en los denunciantes entrevistados.

Me parece conveniente volver al tema de Karadima. Es increíble el poder que llegó a tener tanto en lo espiritual como en lo económico. Cómo logró carreras religiosas meteóricas a favor de sus incondicionales; son cuatro de sus favoritos que llegó a dominar, que alcanzan en no muchos años de ejercicio sacerdotal, ser designados obispos chilenos. Se supone que en esas designaciones no sólo intervino Karadima, si no que también el Arzobispado y la Nunciatura.

Hay que tener presente que las denuncias contra él, nacen de la reacción de uno de los afectados, al sentir que un hijo pudiese caer en sus redes; sino hubiera sido por ello quizás cuanto tiempo podría haber seguido delinquiendo el Párroco de  Avenida El Bosque..

Los tres primeros denunciantes han sido verdaderos héroes y por Dios que han sufrido. Nuestra Iglesia los ha maltrados.

Probablemente en una de las personas de las que más ha confiado hasta hoy o hasta ayer el Papa Francisco, sea el arzobispo y cardenal Francisco Javier Errázuriz; tener presente que él fue uno de los ocho cardenales elegidos por el actual Papa para formar parte del Consejo de Cardenales que busca ayudarle en el gobierno de la Iglesia y reformar la Curia romana.

La defensa de Barros puede considerarse una compuerta o barrera, para evitar que se destape una serie de decisiones que pueden ser vergonzosas. Puede afectar al Arzobispado, a parte importante del Episcopado y probablemente a la Nunciatura en Chile y a otros personeros del Vaticano mismo.

Barros bien puede ser una víctima; probablemente de una débil personalidad, llegó a ser en extremo dominada por Karadima, como habría sucedido con varios otros. Se puede pensar que este obispo mucho ha sufrido. Se ha comentado que un par de veces ha querido renunciar, pero no se le ha permitido. Su defensa tiene que estar respaldada férreamente por autoridades clericales, no solo de Chile sino por otras más pertenecientes al Vaticano para que no salgan a luz los delitos probablemente más graves y una situación que comprometa a muchos más.

Barros llegó a ser obispo sin dudas gracias a los meritos de sus acciones a favor de Karadima

Al leer la carta de Cruz del año 2015, cuesta pensar que el Papa haya tenido conocimiento profundo de su contenido. Las cosas que se dicen, impresionan.

Algo muy grave que poco se ha destacado, es el uso por Karadima y por otros de su entonces equipo, de la amenaza del empleo de información proveniente de secretos de confesión. De todos modos habría habido uso de ese secreto dentro del grupo e incluso utilizado empleado para destruir su carrera religiosa de Cruz ante el Seminario de Santiago.

De ser cierto lo anterior, como parece serlo, es gravísimo. El secreto de la confesión es algo sublime en la religión católica; se asocia sin duda al sagrado sacramento de la Confesión.

El Nuncio aparece muy comprometido en obstaculizar o impedir que lleguen esta informaciones al Papa, cuando él debiera ser el gran informante veraz de lo que acontece en la Iglesia nacional.

Yo intenté hacer llegar al Papa años atrás a través de él, un extenso documento sobre estos temas; nuestra familia ha sido afectada por actitudes de religiosos. No me fue posible entrevistarme con él, pero me dejó el encargo de entregarle el documento; así lo hice. Posteriormente consulté sobre su trámite y se me pidió de nuevo el documento, entrega que hice. Nada más supe; decidí mandar finalmente el documento al Vaticano por comunicación certificada. De ello no tuve respuesta.

Otras observaciones:

Impresiona ver al Obispo Barros acompañando al Papa en su gira y también la presencia final del Cardenal Errázuriz en Iquique, respaldando de qué manera a Juan Barros.

Por otra parte, el ex obispo de Osorno René Rebolledo Salinas fue ascendido a Arzobispo de La Serena y respalda a Barros; se sospechaba que haya sido uno de los posibles arzobispo de Santiago, una vez que Ezzati debía renunciar por edad; pero el Papa no aceptó su renuncia como tampoco la de Alejandro Goic Karmelic, eclesiástico chileno quien actualmente es el  obispo católico que gobierna la Diócesis de Rancagua.

He considerado conveniente incluir en este artículo la carta que enviara Juan Carlos Cruz al Nuncio.

 

3 de febrero de 2015

Su Excelencia
Monseñor Ivo Scapolo
Nuncio Apostólico en Chile

 Estimado Señor Nuncio,

Junto con saludarlo, espero al recibo de la presente se encuentre bien. Monseñor, muchas veces hemos tratado de hablar con usted, ya sea junto a mis compañeros Jimmy Hamilton y José Andrés Murillo, o yo solo. Por alguna razón ha sido imposible. Cuando le mandé las fotos del padre Karadima, el padre Ortiz de Lazcano me prometió que usted nos contestaría, hecho que no sucedió.

 

Monseñor, no me sé todos los protocolos, pero hoy le escribo como un católico más que espera una respuesta del representante del Santo Padre y obispo ordenado para ayudar a los que sufren. He copiado al Santo Padre y a otras Congregaciones en el Vaticano.

 

Quería referirme al nombramiento del obispo Juan Barros a la diócesis de Osorno. Monseñor, quiero que esta sea una denuncia o testimonio formal por algo que me parece una tristeza enorme debido a todo lo que viví personalmente y muchos otros vivieron con el obispo Barros.

Conozco a Juan Barros desde el año 1980, desde que era seminarista y unos de los más cercanos al padre Fernando Karadima. El problema no es que haya sido cercano a Karadima, como mucha gente critica, hay muchos que lo fuimos y nos vimos abusados, utilizados y otros hasta arrepentidos se alejaron. Juan Barros fue un hombre, un seminarista, un sacerdote y un obispo que hizo todo el trabajo sucio de Fernando Karadima. Como seminarista y bajo los movimientos e influencias de Karadima, y después de haberle hecho la vida absolutamente imposible al padre Benjamín Pereira, rector del seminario a fines de los 70 y principio de los 80, Juan Barros se fue como secretario privado del cardenal Juan Francisco Fresno, influido por Karadima.

 Monseñor, yo veía y oía las órdenes que Karadima le daba para conseguir cosas del cardenal Fresno. Logró que monseñor Fresno lo ordenara sacerdote nada menos que en la Parroquia El Bosque, en 1984. Fui testigo de todo el politiqueo que hubo para que eso se lograra y fuera una especie de afrenta al padre Pereira y a todo el clero de Santiago, que no se atrevía a decir nada. Una vez conseguido eso, siguió una seguidilla de nombramientos hechos por el cardenal Fresno y que eran manipulados desde El Bosque. Gracias a la información que Barros le proporcionaba ya que tenía acceso a todo en la arquidiócesis y en general en la Iglesia en Chile, Karadima siempre contaba con la última información y andaba varios pasos adelante que los mismos obispos y para qué decir del clero. Lo sé porque lo vi y lo oí. Nombramientos como el de Andrés Arteaga, de diácono en tránsito al sacerdocio a formador del seminario, o el de Rodrigo Polanco, de seminarista de último año a formador del propedéutico, entre otros.

  Para qué decir lo que ocurría a sacerdotes que estaban en la lista negra de Karadima. Yo lo oía hablar con Juan Barros y planear estrategias para acusarlos.

Juan Francisco Gómez Barroilhet testificó en el juicio contra Karadima que entregó una carta a Juan Barros en el año 1980-1981 que contenía acusaciones de abusos, para que el cardenal Fresno hiciese algo. Esa carta, dice Gómez, nunca llegó a manos del cardenal y testigos cuentan que Juan Barros la habría destruido. Cada vez que alguien trataba de hablar, Juan Barros, Tomislav Koljatic, Horacio Valenzuela y Andrés Arteaga, entre otros, nos amenazaban o trataban de destruir nuestras vidas.

Monseñor, yo era amigo de Juan Barros, muchas veces fui a misiones con él y, específicamente, me pedía que yo estuviese en su grupo. Es por eso que sé tanto y que vi y además oí tantas cosas, puesto que siendo cercano a Karadima y amigo de Barros oía cosas por ambos lados. Juan Barros me conocía y apreciaba mucho y tuve durante años accesos que otros no tenían.

 Cuando en 1987 decidí no ir más al El Bosque ni estar cerca de Karadima, por las razones ya conocidas, y como he declarado en los juicios canónico y penal, se desató toda la maquinaria que Karadima tenía cada vez que uno de sus cercanos se alejaba. Por miedo a que contase algo de lo que se vivía al interior de El Bosque, esa persona tenía que ser destruida.

 La noche anterior, el 25 de Octubre de 1987, Karadima llamó a una “corrección fraterna” contra mí. Un eufemismo para un verdadero juicio. Participaron Karadima, presidiéndolo, y doce personas más, entre ellos Juan Barros, como testifiqué y quedó constancia y fue comprobado como verdadero en los juicios penal y canónico. Todos sentados alrededor de una mesa y yo en una silla un poco alejado de la mesa, como un tribunal de la inquisición.

 Karadima me amenazó con contar cosas que solo él sabía bajo secreto de confesión si yo no “mejoraba” y le hacía más caso y obedecía en todo. Yo miraba con desesperación a los que creía eran mis amigos, pero me ignoraban, es más, le echaban más leña al fuego con acusaciones que enfurecían a Karadima, como que yo era amigo de otros sacerdotes que no eran de El Bosque y que me confesaba con ellos entre otras que hoy suenan ridículas, pero que a mí en ese momento me destrozaban.

Una vez terminado “el juicio”, Juan Barros y otros se me acercaron para decirme que hiciese caso y que me iría bien. Sin embargo, llegué al Seminario esa noche y le conté todo al padre Juan de Castro, el rector, y a mi director espiritual, monseñor Vicente Ahumada. Ellos me acogieron con mucha caridad -ya que fueron testigos de mi angustia- y me ayudaron a pasar esos primeros días, ya que cuando se supo que yo conté todo, Karadima, a través de los formadores Arteaga y Polanco, dio orden de que nadie me hablase nunca más y empezó la máquina para destrozarme como yo había visto hacer con otros. El padre Arteaga me dijo textualmente: “No sabes el daño que has hecho y esto te va a costar”. Más o menos lo mismo que le dijo a José Andrés Murillo cuando ya era obispo y estaba en la Universidad Católica y éste le fue a hablar de los abusos de Karadima y Arteaga lo amenazó con que si hablaba le mandarían un ejército de abogados. 

 Como si el sufrimiento que yo estaba viviendo fuese poco, se concretó a través de Barros que escribieron una carta al cardenal y al rector del seminario para que me echasen por homosexual. Solamente Karadima sabía, en secreto de confesión, mis angustias con ese tema y los detalles de situaciones de las que yo había sufrido mucho, hecho penitencia y de las que estaba tremendamente arrepentido. Nada tan tremendo, diría alguien hoy, pero en esos días yo me habría suicidado si se llegaba a saber.  Juan Barros “misteriosamente” se enteró de esos secretos y además le agregaron de su propia cosecha, lo que plasmó en una carta escrita a mano en tinta negra que le mostró al cardenal Fresno y luego llevaron al Seminario. Algo que sólo Karadima sabía en secreto de confesión y que llegó a Juan Barros, que lo trató de usar para mi destrucción.

 Los padres De Castro y Ahumada leyeron la carta y me citaron en la oficina del padre Ahumada. Me dejaron leer la carta y me di cuenta que mi secreto de confesión estaba escrito en esa carta, pero que además había muchas cosas que inventaban y agrandaban. Yo les dije toda la verdad a los formadores y ellos me creyeron y hablaron con el cardenal, el cual optó por dejarme en el seminario, del cual salí dos años después por decisión mía, ya que me di cuenta que no tenía vocación y que aunque la tuviese, no daba más con la constante presión y agresión de Karadima a través de sus seguidores, en especial Juan Barros.

Monseñor, estas son cosas que vi, oí y me pasaron a mí. No son de segunda mano. Es más, se corrobora durante un careo que me hizo la jueza González -que llevó el juicio penal- con el laico Guillermo Ovalle Chadwick, cercano a Karadima y amigo de Juan Barros, que testificó que había oído como Juan Barros y Karadima hablaban de que había que echarme del seminario y sacarme de circulación.

Señor Nuncio, también testifiqué, además de estos hechos, de los que puedo profundizar y detallar más si usted así lo requiere, cómo yo veía al padre Fernando Karadima y a Juan Barros besarse y tocarse mutuamente. Generalmente, más de parte del padre Karadima venían los toqueteos en los genitales por encima del pantalón de Juan Barros, al igual que hacía con el hoy también obispo Koljatic. En el caso de Juan Barros, éste jugaba a una especie de celos entre sus más cercanos y se turnaban por sentarse al lado de Karadima, estar solos con él en su cuarto y desplazar a otros. Como yo era bastante menor, veía esto entre horrorizado y a la vez paralizado, ya que yo estaba viviendo mi parte del abuso de Karadima, lo que ya fue comprobado en los juicios canónico y penal. Juan Barros se sentaba en la mesa al lado de Karadima y le ponía la cabeza en el hombro para que lo acariciase. Disimuladamente le daba besos. Más difícil y fuerte era cuando estábamos en la habitación de Karadima y Juan Barros, si no se estaba besando con Karadima, veía cuando a alguno de nosotros, los menores, éramos tocados por Karadima y nos hacía darle besos diciéndome: “Pon tu boca cerca de la mía y saca tu lengua”. Él sacaba la suya y nos besaba con su lengua. Juan Barros era testigo de todo esto y lo fue incontables veces, no sólo conmigo sino con otros también.

Al ser interrogado, Juan Barros, al igual que los otros obispos, negó haber visto esto y lo atribuye a una especie de vendetta en su contra y en contra del padre Karadima. Monseñor, esto lo he hablado, contado y dicho innumerables veces, hasta en los juicios canónico y penal, pero hoy lo hago como una denuncia ante usted, porque creo que el Santo Padre no sabe estos detalles, ya que si es cierto todo lo que está diciendo, hombres como Juan Barros no tendrían que estar a cargo de una diócesis.  Juan Barros ha encubierto todo lo que le cuento, señor Nuncio. Lo testificaré también en el juicio civil en marzo.

Espero se reconsidere este nombramiento, que más que unir a los católicos, tan separados por el daño que se nos ha hecho mediante el abuso sexual y el encubrimiento, nos separa aún más y contradice todo lo que está saliendo de la boca del Santo Padre. Hay tantos sacerdotes buenos que podrían ser grandes pastores, pero no hombres encubridores como Juan Barros.

Juro ante el Señor y Su Santísima Madre que todo lo que digo en esta carta es verdad. Quedo a su disposición si necesita más detalles o profundizar en algo.

Confiado en el Señor, me despido respetuosamente y atento a su respuesta.

Juan Carlos Cruz Chellew

  Sin duda que el contenido de la carta es impactante.

 

La Iglesia y la pedofilia

Interesante es analizar el tema de la pedofilia. Esta se puede considerar una enfermedad o un trastorno mental. El delito que comete el pedófilo puede en parte no ser delito, ya que es un proceder natural de un enfermo; puede ser más delito del que lo encubre y/o quien facilita que el pedófilo actúe. En eso la Iglesia ha tenido culpabilidad como encubridora y facilitante de que el pedófilo actúe en otro medio distinto al en el cual fue sorprendido.

La pedofilia es un rasgo multifactorial en la personalidad del que la padece, y se compone de aspectos mentales, institucionales, de actividad, de educación sexual, de violencia, de control de las pulsiones, etc. En este sentido, se suelen distinguir dos tipos de pedofilia: una primaria o esencial, muy arraigada en el sujeto, y otra secundaria (u otras), que aparecería motivada por factores circunstanciales. Fte: Wikipedia.

Posiblemente el celibato forzado puede ser un factor circunstancias. El deseo de generar cariño y la fuerza del sexo pueden contribuir a que la pedofilia se haga presente.

Por ahora no deseo extenderme más en el tema. Seguramente libros muy interesantes seguirán surgiendo frente a estas materias.

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En mi opinión la Iglesia chilena y el Vaticano tendrán que experimentar grandes cambios para llegar a superar la crisis que aún permanece y en proceso de agudización.

 

No es solución solo cambiar a un obispo.

 

Deben pasar a asumir las principales responsabilidades personas de grandes valores éticos.

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