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Se rememora hoy 10 de abril de 2018, el fallecimiento hace 19 años atrás del gran Pastor, Cardenal Raúl Silva Henríquez, en misa en el Templo Salesiano de la Gratitud Nacional. Testimonio Espiritual de tan notable cardenal. Inicio de gestiones en busca de su canonización

Sin duda que el Cardenal Raúl Silva Henríquez fue un pastor extraordinario de la  Iglesia Católica. Por Dios que se echan de menos en Chile personas como él; especialmente como necesita nuestra Iglesia de hoy, sacerdotes de esas cualidades.

Un grupo importante de la sociedad chilena ha iniciado gestiones ante el Vaticano para su canonización.

Conocí al que los jóvenes de esa época llamábamos en Padre Silva. Con motivo de mi Primera Comunión, fue él mi confesor, quien siguió siéndolo por varios años. Eso se inició en 1943. Él era entonces un joven sacerdote, que una vez graduado de abogado en la P. Universidad Católica de Chile, ingresa a la carrera sacerdotal, ordenándose en 1938, a la edad de treinta años. Fui alumno del Liceo Manuel Arriarán Barros, establecimiento salesiano en La Cisterna, bajo su dirección desde 1944 a 1947; sólo tres años ya que ese liceo tenía solamente hasta tercer año de humanidades. Pero como exalumnos salesianos muchos de sus primeros alumnos mantuvimos contacto con él hasta la cercanía de su muerte.

Su trayectoria fue extraordinaria. No me parece conveniente extenderme en el tema, pero sí manifestar el homenaje que ha tenido en nuestro país con su imagen en la hermosa moneda de los 500 pesos.

Hoy presento un valioso documento, cual es su TESTIMONIO ESPIRITUAL, con un impresionante contenido.

Él va a continuación:

 TESTAMENTO ESPIRITUAL

 Mi palabra es una palabra de amor. He buscado a lo largo de mi vida amar entrañablemente a mi Señor. A El conocí desde niño. De El me entusiasmé siendo joven. A El he buscado servir como Sacerdote y como Obispo. Si tengo una invitación y un ruego que hacer con vehemencia es precisamente este. Que amen al Señor. Que conozcan su Palabra. Que lo escuchen en la oración. Que lo celebren en los sacramentos. Que lo sirvan en los pobres. Y que pongan en práctica su Evangelio en la vida de todos los días.

      Mi palabra es una palabra de amor a la Santa Iglesia. Fue la Iglesia doméstica en mi familia la que me enseñó a orar y a servir. Fue la Iglesia la que me educó en el amor y me regaló la fe. Fue la Iglesia la que me llamó, por el ejemplo de Don Bosco, a servir a los jóvenes y a los pobres. Fue la Iglesia la que me dio grandes responsabilidades a pesar de mis limitaciones. Fervientemente eso les pido: amen a la Iglesia. Manténganse unidos al Papa y a sus Obispos. Participen activamente en la comunidad eclesial. Tengan misericordia con sus defectos, y sobre todo sepan apreciar su santidad y sus virtudes. Procuren en todo momento que ella proclame con alegría y entusiasmo la Buena Noticia que su Maestro le encargó anunciar a todos.

      Mi palabra es una palabra de amor a Chile. He amado intensamente a mi país. Es un país hermoso en su geografía y en su historia. Hermoso por sus montañas y sus mares, pero mucho más hermoso por su gente. El pueblo chileno es un pueblo muy noble, muy generoso y muy leal. Se merece lo mejor. A quienes tienen vocación o responsabilidad de servicio público les pido que sirvan a Chile, en sus hombres y mujeres, con especial dedicación. Cada ciudadano debe dar lo mejor de sí para que Chile no pierda nunca su vocación de justicia y libertad.

      Mi palabra es una palabra de amor a los pobres. Desde niño los he amado y admirado. Me ha conmovido enormemente el dolor de la miseria en que viven tantos hermanos míos de esta tierra. La miseria no es humana ni es cristiana. Suplico humildemente que se hagan todos los esfuerzos posibles, e imposibles, para erradicar la extrema pobreza en Chile. Podemos hacerlo si en todos los habitantes de este país se promueve una corriente de solidaridad y de generosidad. Los pobres me han distinguido con su cariño. Sólo Dios sabe cuánto les agradezco sus muestras de afecto y su adhesión a la Iglesia.

     Mi palabra es una palabra de amor especial a los campesinos que trabajan con el sudor de su frente y con quienes compartí desde mi infancia. En ellos hay tantos valores que no siempre la sociedad sabe apreciar. Quiero pedir que se les ayude y se les escuche. A ellos les pido que amen y cuiden la tierra como un hermoso don de nuestro Dios.

      Mi palabra es una palabra de amor a los jóvenes. En los primeros y en los últimos años de mi ministerio sacerdotal a ellos les he dedicado en forma especial mi consejo y mi amistad. Los jóvenes son buenos y generosos. Pero necesitan el afecto de sus padres y el apoyo de sus profesores para crecer por el camino de la virtud y del bien. La Iglesia y Chile tiene mucho que esperar de una juventud que está llamada a amar con trasparencia y cuya voz no puede ser desoída.

      Mi palabra es una palabra de amor a mis hermanos obispos y a los sacerdotes que con tanto celo sirven a su pueblo. Doy las gracias a quienes colaboraron conmigo en tantas tareas hermosas que emprendimos, primero en la amada Iglesia de Valparaíso, y después en esta muy amada Iglesia de Santiago. A los laicos que tan realmente me dieron su amistad y su cooperación les deseo que su trabajo sea comprendido y valorado. Que no se cansen en su servicio. Y que cuiden de un modo especial a sus familias.

      Mi palabra es una palabra de amor a todos. A los que me quisieron y a los que no me comprendieron. No tengo rencor. Sólo tengo palabras para pedir perdón y para perdonar. Sólo tengo palabras para agradecer tanta bondad que he recibido.

      A la Virgen Santa me encomiendo, ya que ella es el auxilio de los cristianos.

      A todos les doy mi bendición en el nombre del Señor.

 

 RAÚL CARDENAL SILVA HENRÍQUEZ

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