Medicina natural, actualidad y economía

Siento triste a la calle Ahumada sin sus artistas callejeros

A la calle Ahumada se le ve y se le siente triste. La autoridad municipal ha logrado que el más alto nivel judicial, la Corte Suprema, ratifique la prohibición de la presencia de artistas musicales en el Centro de Santiago. Cuesta comprender las razones de esta determinación. Una de las pocas parece ser que al actuar los grupos artísticos más destacados, el público se reúne en torno a ellos y la delincuencia procede con mayor facilidad. También se menciona que algunos se molestarían por los ruidos que generan.

Distinto es el caso de los vendedores ambulantes que distribuyen de mayoristas clandestinos y que integran un sistema que compite deslealmente con el comercio establecido.

Ayer me tocó cursar a medio día Ahumada desde Alameda hasta Huérfanos. Sentí que algo importante faltaba allí. Habitualmente uno oía la típica música andina generada por un artista solitario o por un conjunto mayor; recuerdo que a veces a la distancia se sentían esas agradables melodías, las andinas y varias otras; sentía motivaciones para oír de más cerca la música y las voces y ver a los que actuaban. Creo interpretar que a muchos les agradaba esas representaciones, alegraba al caminante o a quien se sentaba en nuestra más tradicional arteria. Se veían esas estatuas de cobre o de mármol que era de un ser humano que permanecía estático por largos lapsos, para recibir unas pocas monedas.

A veces se veía y sentía al grupo familiar o de un par de amigos en torno al organillo tradicional que conocimos desde niño, con el o los bailarines con el bombo en las espaldas y el golpe de los platillos generado por esa correa que unía el instrumento a su pie y al baile; bailarines que de a ratos parecían un trompo en pleno movimiento, siguiendo la música emanada del girar del brazo del organillero y que enriquecían su sonido con los provenientes de los bombos y los platillos de quienes bailaban, del mayor y del niño, el que especialmente se ganaba la simpatía del público. Habitualmente vestían los tradicionales ropajes pocos modificados por la modernidad, acompañados por sus sombreros o chupallas de antaño.

No cabe dudas que todas estas interpretaciones generaban una interesante relación humana entre los que actuaban y los que recibían sus producciones. Se generaba un trabajo digno y un justo pago por quienes con gusto dábamos una par de monedas a esos artistas, gran parte tan de nuestra cultura folklórica que ojalá nunca desaparezca.

Estoy cierto que estas oportunidades de actuar y ese reconocimiento del público, contribuía a que muchos de ellos fuesen progresando; también el sistema daba la oportunidad a que nuevos iniciados artistas tuvieran sus escenarios públicos, como también sucede en las esquinas en que tantos actúan en innovadoras presentaciones frente a los vehículos detenidos por corto tiempo por las luces rojas de los semáforos.

No sé que dirá en torno a esto nuestra Ministra de la Cultura.

Me acordé de las viejas capitales europeas con sus músicos y sus pintores, que dan rasgos característicos a algunos de sus típicos barrios. Recordé con la nostalgia de un adulto mayor a la vieja Plaza de Armas, hoy tan modernizada, llevada a ser algo que a mí y a muchos no nos agrada, a otros sí; recientemente admiré la Plaza Central de Viña, que mantiene sus rasgos y sus características tradicionales. Me pareció sentirla más hermosa que nunca.

Si uno analiza el costo beneficio de estas medidas prohibitivas, parece que tienen un resultado negativo; se pierden satisfacciones de los que dejan de actuar y de quienes recibían sus servicios, con un pago voluntario. Esas pocas monedas que recibían estos artistas cómo serán reemplazadas; se incrementarán quienes piden limosnas o quienes recurran a la delincuencia, en una sociedad que no da muchas posibilidades de trabajo. Las enfermedades mentales sabemos que se hacen presente con alta morbilidad en nuestra capital; el actuar de esos artistas creo que contribuían en parte a aminorar sus causas y a reducir sus efectos.

Termino estas líneas señalando que a lo mejor mis juicios son equivocados, ojalá lo sean.

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